Hubo hace muchos siglos una princesa hermosa que queriendo ser una diosa perdió su humanidad. Y ni diosa ni princesa, termino siendo la bestia de aquel infausto lugar.
A Verónica.
... Lo qué no es una carta; Ni un escrito sobre mi alma o mis fobias y mis filias; Mucho menos pensamientos sobre la política y la filosofía de la vida, la muerte o la nada; Tampoco percepciones sobre mi vida diaria o ideas sobre lo que debiera ser yo, todos; Nada parecido... Es otra cosa... ... Será todo lo que no es y nunca fue...
Hubo hace muchos siglos una princesa hermosa que queriendo ser una diosa perdió su humanidad. Y ni diosa ni princesa, termino siendo la bestia de aquel infausto lugar.
A Verónica.
No sabía que hacer. La calle era enorme como ninguna en su ciudad, los árboles se entre mezclaban con las luminarias y el viento helado soplaba hacia el sur. Estaba solo.
Tenía lagrimas en los ojos y no había nadie que le sostuviera la mano, que le brindara ayuda. Hacía cinco horas que él debía llegar a recogerlo. Así habían quedado, así le había prometido. Cinco horas atrás y el tiempo seguía avanzando.
Tampoco el pedía ayuda, atrincherado en aquella banca, envuelto en su chaqueta y con los brazos cruzados no tenía la imagen de alguien que necesita ayuda, su porte no era triste, sino distinguido, pero por dentro no había nada que soportase su alma.
Huyo de una vida que no quería y en la cual no lo querían; tomó el primer vuelo hacia la ciudad donde aquél “amor” de cartas vivía, huyo sin nada, ni maletas, ni despedidas ni mucho menos bendiciones. Estaba solo.
Y aquel que debiera llegar por él, no llegaba, se rindió, aquella era su última y única oportunidad, no tenía nada en su vida, ni en la anterior, ni en la que apenas empezaba, no había nada. Una persona normal no tomaría decisiones precipitadas por una cita fracasada, pero él se encontraba en un punto de quiebra, en el que una hoja mal caída podría desencadenar la muerte del mundo. La fragilidad de su destino era total.
El viento cambió de dirección, la tarde trocó en noche y el frio se intensifico en aquella tarde de otoño. Su tristeza se complementaba de forma maravillosa con la tristeza de aquella noche. Su ipod menguaba ante la falta de batería, “nostalgia” se escuchaba, y se apagó. Decidió caminar.
Sus pasos lentos, el aire sobre su rostro, la vida que se le iba, todo parecía conducir a que su final estaba cerca, así lo deseaba él, no tenía otra salida. Pensaba en cómo hacerlo, en qué pasaría con su cuerpo ya muerto, en qué diría su madre, su padre… su esposa.
Imagen clásica. Él parado en medio de un puente peatonal. Se sentía totalmente ordinario al hacerlo de esta forma pero en esos momentos sus afanes novelescos habían cedido a la imperiosa necesidad de rapidez. Ya estaba listo.
Su desesperanza ya tenía solución, era sólo cosa de dar un salto y listo. Pero no pudo, descendió y lloró amargo su suerte, su cobardía, el haber huido de su ciudad, el haber dejado a su esposa, el no haber podido matarse.
Ya media noche. Seguía caminando. Ahora ya sabía que debía regresar, continuar con su vida, arreglarla, divorciarse, tener hijos, lo que sea pero hacer algo. Sabía que debía vivir. La calle vacía, una leve llovizna, y tres “jóvenes” caminando hacia él.
Cuatro puñaladas. Dos en en el costado izquierdo, una en el brazo derecho y una en el pecho. Le quitaron lo que llevaba y sólo le dejaron su suerte. Su infierno se hacía más grande, la sensación de “pequeñez” que había tenido desde su llegada a la ciudad se reafirmó. Nunca lo había abandonado.
Medio caminó hacia aquella banca, donde se había atrincherado y de la cual, se maldijo, no debió de haberse movido. Se sentó, sin fuerza esperaba ya la muerte. No había nada que el pudiese hacer. La muerte no le podía fallar, era su última esperanza.
Seis de la mañana. Una ambulancia llegaba por su cuerpo muerto. Un trasnochado sujeto lo había reportado. Sin identificación, su cuerpo fue llevado al anfiteatro de la ciudad. Nadie lo reclamó.
Horas más tarde llegaría él, al cuál nuestro desvalido protagonista había esperado el día anterior. Errores humanos, debilidad humana, fragilidad humana. Un error de día, una equivocación, un número mal apuntado, la suerte está echada, y un descuido le había costado la vida a uno y la felicidad al otro.
Nunca el segundo supo del destino de su amado.
A Santiago.
Un día soñé que no moriría, desperté y estabas conmigo. Otro día soñé que estaba contigo, desperté y supe que moriría. Te desperté y te pedí que no me dejarás, me dijiste que no lo harías. Soñé otro día en que tu morías, desperté y supe que estarías, después pensé en que te amaría y me di cuenta que ya lo hacía.
A A
… tormenta de mis días…
---Nada me debes… Más te debo yo… Un par de verdades y una que otra mentira.
---Espero comprendas, entiendas, que no es por mi… que lo que hago lo hago por ti, es por ti que me voy…
---No es más que la verdad, que la vida la que nos separa, no soy yo ni eres tu… son las condiciones, nuestras condiciones… No eres tu ni soy yo, es este infame destino que me lleva y que te deja… No es más que la suerte de los que aman… El sufrimiento.
Erase una vez un niño que quiso conocer del azul del cielo.
Le preguntó al árbol y éste sólo supo mover sus hojas. Le pregunto a las aves y ellas sólo volaron lejos de él. Le pregunto a la montaña y aquella sólo guardo silencio.
Cansado el pequeño niño descanso bajo el cielo ya estrellado. Llorando preguntó a las estrellas qué del azul del cielo sabían… Aquellas, airosas respondieron “no sabemos del azul del cielo, sino del cielo mismo”.
Entendió aquel niño lo que las estrellas le dijeron y nunca más preguntó lo mismo. Alegre continuó su camino sabiendo que el cielo, es siempre cielo, y que su color, no es más que algo pasajero.
El amaba al cielo.
Esa pequeña casa resplandecía ante las primeras horas de sol; hacía poco tiempo desde que Antonia y Etienne llegaron a habitarla, ellos no habían hecho muchos cambios, ya que eran una pareja anciana sin más esperanza que morir pronto y en paz, evitando, en tanto sea posible, el dolor.
Se conocieron décadas atrás, una platica, una sonrisa y ella quedó prendada de él. Él, no quedó en nada con ella y sus vidas continuaron por distintos caminos. Un año, dos años, tres años y coincidieron de nuevo. Un nacimiento, y los dos se murieron al verse.
Fue el nacimiento de la sobrina de éste, que a su vez era hija de la mejor amiga de la otra, niña hermosa rebosante de vida que los unió para completar sus vidas, para finalizar sus vidas. En ese alumbramiento comenzó la muerte. Nunca más se soltaron, nunca más se separaron, suicidándose decidieron morir juntos.
Se amaron desde ese momento, tiernamente, despiadadamente, constantemente.
Esa pequeña casa resplandecía ante las primeras horas de sol. Su matrimonio vuelto amistad y complicidad ya había durado 50 años, los dos estaban cansados de sus cuerpos, de sus angustias y pensamientos tardados, cansados de ellos mismos pero nunca del otro. Ellos amaban.
Cansados sus cuerpos en aquella casa encontraron la muerte. Antes, horas y días antes, él escribía sus memorias como tiempo atrás escribía sobre política, ella contaba los cariños y bendiciones actuales como antaño contaba deudas y pagos. Se entregaron al ocio compartido y conocieron la raíz de su amor.
Él supo cuando ella murió. Escribía y sintió que los pies se le enfriaban, sintió heladas las manos y voló hacia ella, la vio sentada en el sofá, desencajada, moribunda… se tomaron las manos… ella se iba… ella enmudecía… ella susurraba un “te espero”, un “no tengo miedo”, una sonrisa dibujó su rostro y su mano soltó su mano. Ella moría.
Le cubrió la frente con un beso, la cargó y la llevó a su lecho. Caminó hacia su escritorio, envió un par de mails donde comunicaba lo ocurrido; después abrió la que sería la última página de su último libro, agregó una línea más y fue con su mujer.
Murió al dormirse y al igual que su amada, murió con una sonrisa en el rostro. La calma los iluminaba, esa calma que sólo el amor le puede dar a los muertos.
-----“sólo los que han vivido el amor de su vida mueren con una sonrisa en los labios”----
El amor es completo y redondo. Sin recovecos o escondites, es libre, ausente, es la piedra en el zapato, la lluvia a media tarde, lo inesperado pero lo siempre presente.
No es el sentimiento “feliz” de los infantes, no es la “pesadez” de los ancianos, es el aire que respiramos, es lo completo y es la parte. Es llanto, es zozobra, es la ausencia del amado. Es aquel encerrado, es aquel libertado. Es el santo y el demonio.
El amor es el dolor de la partida y la alegría del arribo, es el instante del deseo pero no es el deseo consumido. El amor no es “tomar y poseer”, es tener y dejar ser.
Uno ama cuando llora, uno ama cuando pierde. El amor es la línea circular que nos empieza y nos termina, es el punto de llegada y el punto de partida. Es la muerte y es la vida. Es el silencio de los aires y es el grito de las plantas.