domingo, 4 de abril de 2010

Soñé…

Un día soñé que no moriría, desperté y estabas conmigo. Otro día soñé que estaba contigo, desperté y supe que moriría. Te desperté y te pedí que no me dejarás, me dijiste que no lo harías. Soñé otro día en que tu morías, desperté y supe que estarías, después pensé en que te amaría y me di cuenta que ya lo hacía.

A A

viernes, 2 de abril de 2010

diálogo bipolar…

… tormenta de mis días…

---Nada me debes… Más te debo yo… Un par de verdades y una que otra mentira.

---Espero comprendas, entiendas, que no es por mi… que lo que hago lo hago por ti, es por ti que me voy…

---No es más que la verdad, que la vida la que nos separa, no soy yo ni eres tu… son las condiciones, nuestras condiciones… No eres tu ni soy yo, es este infame destino que me lleva y que te deja… No es más que la suerte de los que aman… El sufrimiento.

lunes, 22 de marzo de 2010

Cielo.

Erase una vez un niño que quiso conocer del azul del cielo.

Le preguntó al árbol y éste sólo supo mover sus hojas. Le pregunto a las aves y ellas sólo volaron lejos de él. Le pregunto a la montaña y aquella sólo guardo silencio.

Cansado el pequeño niño descanso bajo el cielo ya estrellado. Llorando preguntó a las estrellas qué del azul del cielo sabían… Aquellas, airosas respondieron “no sabemos del azul del cielo, sino del cielo mismo”.

Entendió aquel niño lo que las estrellas le dijeron y nunca más preguntó lo mismo. Alegre continuó su camino sabiendo que el cielo, es siempre cielo, y que su color, no es más que algo pasajero.

El amaba al cielo.

jueves, 18 de marzo de 2010

Raíz…

Esa pequeña casa resplandecía ante las primeras horas de sol; hacía poco tiempo desde que Antonia y Etienne llegaron a habitarla, ellos no habían hecho muchos cambios, ya que eran una pareja anciana sin más esperanza que morir pronto y en paz, evitando, en tanto sea posible, el dolor.

Se conocieron décadas atrás, una platica, una sonrisa y ella quedó prendada de él. Él, no quedó en nada con ella y sus vidas continuaron por distintos caminos. Un año, dos años, tres años y coincidieron de nuevo. Un nacimiento, y los dos se murieron al verse.

Fue el nacimiento de la sobrina de éste, que a su vez era hija de la mejor amiga de la otra, niña hermosa rebosante de vida que los unió para completar sus vidas, para finalizar sus vidas. En ese alumbramiento comenzó la muerte. Nunca más se soltaron, nunca más se separaron, suicidándose decidieron morir juntos.

Se amaron desde ese momento, tiernamente, despiadadamente, constantemente.

Esa pequeña casa resplandecía ante las primeras horas de sol. Su matrimonio vuelto amistad y complicidad ya había durado 50 años, los dos estaban cansados de sus cuerpos, de sus angustias y pensamientos tardados, cansados de ellos mismos pero nunca del otro. Ellos amaban.

Cansados sus cuerpos en aquella casa encontraron la muerte. Antes, horas y días antes, él escribía sus memorias como tiempo atrás escribía sobre política, ella contaba los cariños y bendiciones actuales como antaño contaba deudas y pagos. Se entregaron al ocio compartido y conocieron la raíz de su amor.

Él supo cuando ella murió. Escribía  y sintió que los pies se le enfriaban, sintió heladas las manos y voló hacia ella, la vio sentada en el sofá, desencajada, moribunda… se tomaron las manos… ella se iba… ella enmudecía… ella susurraba un “te espero”, un “no tengo miedo”, una sonrisa dibujó su rostro y su mano soltó su mano. Ella moría.

Le cubrió la frente con un beso, la cargó y la llevó a su lecho. Caminó hacia su escritorio, envió un par de mails donde comunicaba lo ocurrido; después abrió la que sería la última página de su último libro, agregó una línea más y fue con su mujer.

Murió al dormirse y al igual que su amada, murió con una sonrisa en el rostro. La calma los iluminaba, esa calma que sólo el amor le puede dar a los muertos.

-----“sólo los que han vivido el amor de su vida mueren con una sonrisa en los labios”----

lunes, 8 de febrero de 2010

es…

El amor es completo y redondo. Sin recovecos o escondites, es libre, ausente, es la piedra en el zapato, la lluvia a media tarde, lo inesperado pero lo siempre presente.

No es el sentimiento “feliz” de los infantes, no es la “pesadez” de los ancianos, es el aire que respiramos, es lo completo y es la parte. Es llanto, es zozobra, es la ausencia del amado. Es aquel encerrado, es aquel libertado. Es el santo y el demonio.

El amor es el dolor de la partida y la alegría del arribo, es el instante del deseo pero no es el deseo consumido. El amor no es “tomar y poseer”, es tener y dejar ser.

Uno ama cuando llora, uno ama cuando pierde. El amor es la línea circular que nos empieza y nos termina, es el punto de llegada y el punto de partida. Es la muerte y es la vida. Es el silencio de los aires y es el grito de las plantas.


miércoles, 9 de diciembre de 2009

un último cigarro

Era patético. Tan patético se veía ese hombre sentado entre tan grandes monos de plástico y de aire que él mismo se dio cuenta de su penosa realidad. Sin embargo no le dio la menor importancia y siguió fumando escondido de los ojos furtivos de sus hijos. No debería fumar. No a su edad, no con su enfermedad.

Ya estaba muy viejo y estaba muy cansado como para escuchar las palabras necias de sus familiares.  Por eso se escondía. Prefería sentarse entre aquellos gigantes que tenían esas eternas sonrisas, prefería su silencio y su felicidad fácil.

Su vida no fue fácil y quería que su último día lo fuera. Ya era tiempo, él lo sabía, sin miedo y sin rencor se entrego a la última despedida, a su última tarde, su último suspiro;  Quiso pasarlo en aquel lugar, sin tanta lagrima y palabras vacías; el silencio fue su acompañante en duras batallas, lo quería junto a él en su última victoria.

Silencio. Y una sola idea en su cabeza. Al fin estaría con los suyos. Después de 40 años regresaría al regazo de su madre para llorar todo lo que no lloró en esos 40 años. Sonrió. Un cigarrillo más.

Lo buscaba. Pero su escondite fue tan bueno que pasaron en dos ocasiones atrás de él y no pudieron verle, sólo la barriga blanca de un oso polar se veía desde la azotea. Nuestro héroe se encontraba adelante de esa barriga.

Un suspiro y una bocanada. Y lo eterno se volvió nada cuando sintió un pequeño espasmo en el estómago. Su mirada se nublo. Una lagrima recorrió su mejilla y no queriendo irse terminó en los labios resecos de aquel hombre. Pensó en su mujer en aquél instante de dolor, pensó en ella y el dolor se fue. ¡Maldita vieja! susurro.

Ya no podía ni intentaba levantarse. Inclinado hacia un lado, recargado en un estúpido mono quiso gritar su nombre de pila, no hubo voz. Desistió.

Miró hacia el cielo, balbuceo “nada me debes, todo te di”, inmediato apretó los ojos queriendo encerrar sus últimas lagrimas, tomo la cajetilla de cigarros con dolorosa lentitud y torpemente encendió el último cigarrillo.

Se fumó el cigarro, se esfumó su vida.

Así terminó aquel hombre su vida, entre olvidos y esos monos de plástico y aire. Murió y nadie se dio cuenta, vivió y nadie se dio cuenta. La vida se le fue aquella tarde y los testigos mudos de aquella muerte sonrientes pasaron su eterna vida.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Espejo

Todos afuera le esperaban, era su turno de tirar en el juego y su estancia en el baño se hacía larga ante los impacientes jugadores ya tocados por dejos de alcohol. De pie, de frente al escusado se encontraba orinando, viendo, leyendo, pero veía sin poca atención,leía sin leer,  no tenía conciencia en ese momento de su vida, de sus motivos, deseos o circunstancias que lo habían llevado a tal punto. Él no estaba en ese baño, no orinaba, no veía, no leía.

Tomó del deposito del retrete un libro, “espejos” se llamaba, leyó la parte de atrás, atravesaron ideas su cabeza y con un suspiro desecho tales “irreverencias llenas de recursos literarios”. Siguió así, no estando en aquel lugar, sintiendo los efectos del Whisky, el mal sabor del cigarro, sintiendo sin sentir.

Volvió la cara hacia su costado con mucho desgano, sin la conciencia de hacerlo por algo, el por qué de las cosas le preocupaba menos que nada desde hacía días, miró y abrió los ojos. Su alma lo poseyó brutal  y el parto fue desgarrador, sus ojos dilatados lo vieron como nadie más lo había visto, como él nunca se había visto, como nunca nadie le vería jamás.

Detenidamente observó su rostro, y no se reconoció en esa imagen proyectada por el espejo, ese no era él, era, cómo decía extrañamente el libro encima del deposito del retrete "un olvidado, un condenado, un sin voz” pero no era él. Sus rasgos eran ya cansados, como de gente grande y muy amarga, sus ojos enormes no decían nada, su boca apretada negaba palabra alguna. “Ese no soy yo” se repetía.

Repasó su rostro y su vida, recordó todos los momentos que lo hicieron, aunque negaba la imagen, ser esa imagen, cada surco, cada arruga, cada cicatriz… el cansancio de su vida, de sus ojos. Se perdió en esos ojos.

Un grito externo lo despertó de su trance, dióse cuenta entonces que llevaba mucho tiempo ya en el baño, se preparó para salir no sin antes hablarle a aquella imagen extraña.

“Nunca más te veré a los ojos, nunca tus ojos volverán a recordarme lo que me has recordado. Nunca más tu rostro me enfrentará a esto que no quiero entender, que no soporto entender. Nunca más volverás a aparecer ante mi porque aquí te entierro, en este espejo quedarás por siempre y serás el condenado, el olvidado, el sin voz”

Terminando de decir estas palabras se vio por última vez en aquel espejo. Fue su despedida. Se disfrazó una sonrisa; se compró una cara nueva pagando con miles de recuerdos; se inventó una vida a partir de aquella fas , borro de su vida todo recuerdo de ese rostro terrible. Nunca más quería verlo.

Ya era él tal como se gustaba, sin esas engorrosas voces que debieran quedarse para siempre en el olvido, silenciadas, condenadas.

Regresó a la mesa, al juego de la vida, con el aire propio de los recién nacidos, refrescado, nuevo, brillante aunque sabiendo que de ninguna forma, bajo ninguna circunstancia ganaría, pues ese hombre en la mesa no existía, no vivía, era la cascará de aquél que se vio minutos atrás en el espejo. Él, el enunciador del discurso, el flamante orador, se encontraba atrapado en aquel espejo en el cual nunca se volvería a reflejar. Allá se quedaría él con los…

…los olvidados, los condenados, los sin voz…