lunes, 22 de marzo de 2010

Cielo.

Erase una vez un niño que quiso conocer del azul del cielo.

Le preguntó al árbol y éste sólo supo mover sus hojas. Le pregunto a las aves y ellas sólo volaron lejos de él. Le pregunto a la montaña y aquella sólo guardo silencio.

Cansado el pequeño niño descanso bajo el cielo ya estrellado. Llorando preguntó a las estrellas qué del azul del cielo sabían… Aquellas, airosas respondieron “no sabemos del azul del cielo, sino del cielo mismo”.

Entendió aquel niño lo que las estrellas le dijeron y nunca más preguntó lo mismo. Alegre continuó su camino sabiendo que el cielo, es siempre cielo, y que su color, no es más que algo pasajero.

El amaba al cielo.

jueves, 18 de marzo de 2010

Raíz…

Esa pequeña casa resplandecía ante las primeras horas de sol; hacía poco tiempo desde que Antonia y Etienne llegaron a habitarla, ellos no habían hecho muchos cambios, ya que eran una pareja anciana sin más esperanza que morir pronto y en paz, evitando, en tanto sea posible, el dolor.

Se conocieron décadas atrás, una platica, una sonrisa y ella quedó prendada de él. Él, no quedó en nada con ella y sus vidas continuaron por distintos caminos. Un año, dos años, tres años y coincidieron de nuevo. Un nacimiento, y los dos se murieron al verse.

Fue el nacimiento de la sobrina de éste, que a su vez era hija de la mejor amiga de la otra, niña hermosa rebosante de vida que los unió para completar sus vidas, para finalizar sus vidas. En ese alumbramiento comenzó la muerte. Nunca más se soltaron, nunca más se separaron, suicidándose decidieron morir juntos.

Se amaron desde ese momento, tiernamente, despiadadamente, constantemente.

Esa pequeña casa resplandecía ante las primeras horas de sol. Su matrimonio vuelto amistad y complicidad ya había durado 50 años, los dos estaban cansados de sus cuerpos, de sus angustias y pensamientos tardados, cansados de ellos mismos pero nunca del otro. Ellos amaban.

Cansados sus cuerpos en aquella casa encontraron la muerte. Antes, horas y días antes, él escribía sus memorias como tiempo atrás escribía sobre política, ella contaba los cariños y bendiciones actuales como antaño contaba deudas y pagos. Se entregaron al ocio compartido y conocieron la raíz de su amor.

Él supo cuando ella murió. Escribía  y sintió que los pies se le enfriaban, sintió heladas las manos y voló hacia ella, la vio sentada en el sofá, desencajada, moribunda… se tomaron las manos… ella se iba… ella enmudecía… ella susurraba un “te espero”, un “no tengo miedo”, una sonrisa dibujó su rostro y su mano soltó su mano. Ella moría.

Le cubrió la frente con un beso, la cargó y la llevó a su lecho. Caminó hacia su escritorio, envió un par de mails donde comunicaba lo ocurrido; después abrió la que sería la última página de su último libro, agregó una línea más y fue con su mujer.

Murió al dormirse y al igual que su amada, murió con una sonrisa en el rostro. La calma los iluminaba, esa calma que sólo el amor le puede dar a los muertos.

-----“sólo los que han vivido el amor de su vida mueren con una sonrisa en los labios”----

lunes, 8 de febrero de 2010

es…

El amor es completo y redondo. Sin recovecos o escondites, es libre, ausente, es la piedra en el zapato, la lluvia a media tarde, lo inesperado pero lo siempre presente.

No es el sentimiento “feliz” de los infantes, no es la “pesadez” de los ancianos, es el aire que respiramos, es lo completo y es la parte. Es llanto, es zozobra, es la ausencia del amado. Es aquel encerrado, es aquel libertado. Es el santo y el demonio.

El amor es el dolor de la partida y la alegría del arribo, es el instante del deseo pero no es el deseo consumido. El amor no es “tomar y poseer”, es tener y dejar ser.

Uno ama cuando llora, uno ama cuando pierde. El amor es la línea circular que nos empieza y nos termina, es el punto de llegada y el punto de partida. Es la muerte y es la vida. Es el silencio de los aires y es el grito de las plantas.


miércoles, 9 de diciembre de 2009

un último cigarro

Era patético. Tan patético se veía ese hombre sentado entre tan grandes monos de plástico y de aire que él mismo se dio cuenta de su penosa realidad. Sin embargo no le dio la menor importancia y siguió fumando escondido de los ojos furtivos de sus hijos. No debería fumar. No a su edad, no con su enfermedad.

Ya estaba muy viejo y estaba muy cansado como para escuchar las palabras necias de sus familiares.  Por eso se escondía. Prefería sentarse entre aquellos gigantes que tenían esas eternas sonrisas, prefería su silencio y su felicidad fácil.

Su vida no fue fácil y quería que su último día lo fuera. Ya era tiempo, él lo sabía, sin miedo y sin rencor se entrego a la última despedida, a su última tarde, su último suspiro;  Quiso pasarlo en aquel lugar, sin tanta lagrima y palabras vacías; el silencio fue su acompañante en duras batallas, lo quería junto a él en su última victoria.

Silencio. Y una sola idea en su cabeza. Al fin estaría con los suyos. Después de 40 años regresaría al regazo de su madre para llorar todo lo que no lloró en esos 40 años. Sonrió. Un cigarrillo más.

Lo buscaba. Pero su escondite fue tan bueno que pasaron en dos ocasiones atrás de él y no pudieron verle, sólo la barriga blanca de un oso polar se veía desde la azotea. Nuestro héroe se encontraba adelante de esa barriga.

Un suspiro y una bocanada. Y lo eterno se volvió nada cuando sintió un pequeño espasmo en el estómago. Su mirada se nublo. Una lagrima recorrió su mejilla y no queriendo irse terminó en los labios resecos de aquel hombre. Pensó en su mujer en aquél instante de dolor, pensó en ella y el dolor se fue. ¡Maldita vieja! susurro.

Ya no podía ni intentaba levantarse. Inclinado hacia un lado, recargado en un estúpido mono quiso gritar su nombre de pila, no hubo voz. Desistió.

Miró hacia el cielo, balbuceo “nada me debes, todo te di”, inmediato apretó los ojos queriendo encerrar sus últimas lagrimas, tomo la cajetilla de cigarros con dolorosa lentitud y torpemente encendió el último cigarrillo.

Se fumó el cigarro, se esfumó su vida.

Así terminó aquel hombre su vida, entre olvidos y esos monos de plástico y aire. Murió y nadie se dio cuenta, vivió y nadie se dio cuenta. La vida se le fue aquella tarde y los testigos mudos de aquella muerte sonrientes pasaron su eterna vida.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Espejo

Todos afuera le esperaban, era su turno de tirar en el juego y su estancia en el baño se hacía larga ante los impacientes jugadores ya tocados por dejos de alcohol. De pie, de frente al escusado se encontraba orinando, viendo, leyendo, pero veía sin poca atención,leía sin leer,  no tenía conciencia en ese momento de su vida, de sus motivos, deseos o circunstancias que lo habían llevado a tal punto. Él no estaba en ese baño, no orinaba, no veía, no leía.

Tomó del deposito del retrete un libro, “espejos” se llamaba, leyó la parte de atrás, atravesaron ideas su cabeza y con un suspiro desecho tales “irreverencias llenas de recursos literarios”. Siguió así, no estando en aquel lugar, sintiendo los efectos del Whisky, el mal sabor del cigarro, sintiendo sin sentir.

Volvió la cara hacia su costado con mucho desgano, sin la conciencia de hacerlo por algo, el por qué de las cosas le preocupaba menos que nada desde hacía días, miró y abrió los ojos. Su alma lo poseyó brutal  y el parto fue desgarrador, sus ojos dilatados lo vieron como nadie más lo había visto, como él nunca se había visto, como nunca nadie le vería jamás.

Detenidamente observó su rostro, y no se reconoció en esa imagen proyectada por el espejo, ese no era él, era, cómo decía extrañamente el libro encima del deposito del retrete "un olvidado, un condenado, un sin voz” pero no era él. Sus rasgos eran ya cansados, como de gente grande y muy amarga, sus ojos enormes no decían nada, su boca apretada negaba palabra alguna. “Ese no soy yo” se repetía.

Repasó su rostro y su vida, recordó todos los momentos que lo hicieron, aunque negaba la imagen, ser esa imagen, cada surco, cada arruga, cada cicatriz… el cansancio de su vida, de sus ojos. Se perdió en esos ojos.

Un grito externo lo despertó de su trance, dióse cuenta entonces que llevaba mucho tiempo ya en el baño, se preparó para salir no sin antes hablarle a aquella imagen extraña.

“Nunca más te veré a los ojos, nunca tus ojos volverán a recordarme lo que me has recordado. Nunca más tu rostro me enfrentará a esto que no quiero entender, que no soporto entender. Nunca más volverás a aparecer ante mi porque aquí te entierro, en este espejo quedarás por siempre y serás el condenado, el olvidado, el sin voz”

Terminando de decir estas palabras se vio por última vez en aquel espejo. Fue su despedida. Se disfrazó una sonrisa; se compró una cara nueva pagando con miles de recuerdos; se inventó una vida a partir de aquella fas , borro de su vida todo recuerdo de ese rostro terrible. Nunca más quería verlo.

Ya era él tal como se gustaba, sin esas engorrosas voces que debieran quedarse para siempre en el olvido, silenciadas, condenadas.

Regresó a la mesa, al juego de la vida, con el aire propio de los recién nacidos, refrescado, nuevo, brillante aunque sabiendo que de ninguna forma, bajo ninguna circunstancia ganaría, pues ese hombre en la mesa no existía, no vivía, era la cascará de aquél que se vio minutos atrás en el espejo. Él, el enunciador del discurso, el flamante orador, se encontraba atrapado en aquel espejo en el cual nunca se volvería a reflejar. Allá se quedaría él con los…

…los olvidados, los condenados, los sin voz…

viernes, 13 de noviembre de 2009

aquella tarde… aquella vida

Nada cambiaría en la ciudad aquel día de otoño. Las mismas calles, las mismas personas haciendo sus mismas actividades, casi pensando lo mismo que otros días, ese día  podría haber sido ayer o mañana, pero extrañamente ese día era hoy.

Sus pasos se escuchaban sórdidamente en las escaleras de cualquier edificio de la facultad. Ya era tarde, muy tarde y quería evitar los tumultos de la plaza principal, los insoportables altavoces de los “activistas” pidiendo apoyo contra el Presidente, los medios, o pidiendo recursos para los damnificados de cualquier terremoto en cualquier país, [pobre seguramente], quería evitar las platicas absurdas de los “comunicadores” o los “viajes” teóricos de los sociólogos, ahora no tenía tiempo para nada, ni para hartarse de su cotidianeidad.

Corría, su falda larga la seguía apenas y sus botas estilizaban sus pasos, su rostro cubierto con las gafas oscuras y esa blusa vaporosa enfundada con aquella chaqueta de otros tiempos le daba un aire novelesco a sus prisas, ella corría y el estilo iba con ella. Su porte era de mujer pensante, sabía lo que quería, sospechaba lo que sería aunque no sabía todavía lo que era. Las ideas de aquella mujer no la definían en esa tarde. Ella corría.

Llegó a su auto. Se le cayeron las llaves y su torpeza la exaspero demasiado, a lo lejos estudiantes menos preocupados jugaban un partido anárquico de soccer, otros fumaban su tiempo ideando revoluciones y derrocando dictadores. Ella no podía hacer eso ahora. Ya sentada en su auto, se veía en el espejo y no sabía qué hacer. Esos hermosos ojos negros ya liberados de las gafas oscuras la veían fijamente, su fleco que enmarcaba su frente le pareció extraño, pensó en hacerle “algo” la próxima semana, después, se volvió a ver y sus ojos comenzaron a llenarse de lagrimas. Esos ojos negros lloraban.

Salió del estacionamiento sin prisa, ya seco su rostro y de nuevo aquellas gafas oscuras, su mente se enfoco en sólo una idea. Pasó los límites de la Universidad, siguió su camino, pasó por Miguel Ángel, dio vuelta en Carrillo Puerto y ya estaba en el centro de ese pequeño universo, su universo. Dio dos vueltas hasta que encontró un lugar que cumpliera con un sólo requisito, a saber, que no hubiera de esos hombres que lucran con el espacio público, los llamados “viene viene”.

La tarde ya era fría. Preparo su bolsa. Eliminó cuadernos, libros, y agrego encendedor y cigarros. Al igual preparó su cabeza, resto opiniones de clase, prejuicios, infamias y sólo se quedo con el corazón abierto. Salió del auto.

Sus piernas le temblaban. Hacía mucho que no tenía tanto miedo, caminaba, una mascada le cubría la cabeza, las gafas sus ojos y la razón su dolor ya insoportable. Caminó dos cuadras y llegó frente a la Iglesia de San Juan Bautista, hiso una reverencia con la cabeza y no supo por qué, no lo supo en ese momento pero años después en una pequeña iglesia a la orilla de la carretera descubriría la razón. Intentó cruzar la calle, el paso de los autos le pareció una maldición del destino… Cruzó y no presto atención a los insultos del detenido automovilista. Su razón era la única aquella tarde.

Sus pasos se acercaron a su destino, al lugar al cual iba. Corría ya, ella corría como si la vida se le escapara. Paró en seco. Ya estaba a centímetros y su corazón paralizó, su respiración se fue de paseo junto con el calor de su cuerpo, y ella, creyendo ya verlo tuvo que pedir ayuda, abrió su bolsa, cogió un cigarro, lo encendió, tres fumadas y avanzó lo que quedaba. Así debía ser.

Ahí estaba él. Sentado dándole la espalda, con cigarrillo en mano, bufanda en el cuello, mocasines, y un libro en la mesa, se veía como siempre, como ella siempre lo recordaba… sabía que él había escogido bien el lugar, que su posición no era fortuita, que le encantaba dramatizar en todo y que su vida en los últimos años había sido una novela contada por él mismo. Se acerco. Lo vio cansado, pero sonriente, con ese aire que sólo tiene la gente que sabe demasiado. Bebía café, y estaba muy delgado, él se puso de pie para recibirla, se abrazaron, los dos se dolieron  en ese momento como nunca antes y nunca después, un frío les recorrió el cuerpo. Tomaron asiento.

Se sonrieron y ella no paraba de llorar. Esa era la despedida.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Silencio Eterno…

Se encontraba sentado en la barra de aquel bar. Emmanuel no atendía al ruido que lo rodeaba, absorto pensaba en la noche de hace tres días. Pensaba en eso y en lo qué era hoy, en esa tarde, en ese bar, en lo que era ser él.

Tres días atrás, como cada miércoles, él salió con sus compañeros de oficina, platicaron de nada y bebieron de todo. Hace tres días, como cada miércoles, él termino ebrio caminando hasta su departamento. Nadie le acompañaba y él no acompañaba a nadie. Su soledad no era fortuita, su decisión fue esa.

Pero ese día hace tres días algo ocurrió que no había pasado en los últimos dos años. Las cosas cambiaron y Emmanuel no estaba listo para aceptar dichos cambios. Su miedo fue recalcitrante, enmudeció como nunca lo había hecho, su rostro palideció, sus ojos se hicieron viejos y su boca se estiro hasta alcanzar el cielo. Su madre moribunda le decía “perdóname por no haber estado…”

Apagó el teléfono. Sus pies lo condujeron hacia las calles de su niñez, sus puertas viejas y arboles secos le recordaron una vida que ya no era la suya. Por un segundo suspiro por aquellos años. Se perdió pero regresó. Llego al viejo portón, la vieja casa. Lo recibieron rostros acongojados y él se abrió paso entre retazos de hombres y llantos innobles, manos extendidas le pedían piedades, misericordia exclamaban los ojos de las mujeres ancianas. Llegó con su madre.

“madre nada tienes que pedir, nada te vas a llevar” Así le dijo Emmanuel con aire lacónico y la mujer postrada con rostro inmutable abrió la boca… “Nada pido para mi, si estoy aquí postrada no es por tu gracia sino por la mía, así que calla y escucha que mi muerte está cercana y la tuya no está muy lejos”

La mujer le habló. Nunca ella había hablado tanto, nunca él había escuchado tanto, la vida les había enseñado a callar y a no escuchar, ahora aprendían. El veía hacia la calle mientras su madre escupía sus últimas frases, recordaba como era su madre antes de estar así, postrada y muerta como ahora, pensó en qué le agradaba más la mujer de ahora que la siempre altiva mujer de antaño. Sonrió. Veía hacia afuera, olvidó por completo que estaba borracho hacía tan poco tiempo.

Se sirvió vodka con hielos. Su madre lo veía. Ya no hablaba y pareciera que se preparaba para morir. Los dos guardaron silencio como que su silencio fuera el último argumento entre ambos. En ese silencio que sería eterno Enriqueta vertió todos sus perdones y todos su reproches, el silencio fue desgarrador, las cortinas, los muebles, las ventanas se retorcieron ante ese silencio insoportable, madre e hijo callaron.

Sólo los ojos de Emmanuel tirando cristales  se veían en toda la habitación. Al fin lloraba a su madre. Fue hacia ella, le acomodo el cabello y cogió uno de sus cigarros, pensaba en que a pesar de lo desagradable que le parecía la muerte, la de su madre, sería la mejor muerte que vería en toda su vida. Salió sonriente.

Tres días atrás, como cada miércoles, él salió con sus compañeros de la oficina, tres días atrás, como cada miércoles, él caminó ebrio por la calle hasta su departamento, tres días atrás algo cambió. Tres días atrás su madre murió.